Fecha de publicación: Julio 2026
La economía circular ha dejado de ser un concepto discutido principalmente en foros académicos o de sostenibilidad para convertirse en un tema que aparece cada vez con mayor frecuencia en las conversaciones de consejos de administración y comités de operaciones de empresas manufactureras en México.
Lo que antes se percibía como una alternativa ambiental deseable, hoy se discute como una variable que puede incidir en costos operativos, exposición a riesgos de suministro y capacidad de cumplir con los requisitos de clientes internacionales. Esta transformación en la percepción no ocurrió de manera repentina. Tiene una trayectoria que vale la pena revisar para entender por qué ha cobrado relevancia en el contexto actual.
El origen del pensamiento circular se remonta a varias décadas atrás. En los años setenta, investigadores como Walter Stahel y Genevieve Reday-Mulvey comenzaron a plantear la idea de una “economía en lazo cerrado”, donde los productos y materiales mantuvieran su valor durante más tiempo a través de la reparación, el reacondicionamiento y la reutilización. Décadas después, la Fundación Ellen MacArthur sistematizó estos conceptos y los posicionó como una alternativa viable frente al modelo lineal dominante.
Sin embargo, durante mucho tiempo la economía circular permaneció asociada principalmente a estrategias de gestión de residuos o a iniciativas de responsabilidad social corporativa. Fue hasta la última década cuando el concepto comenzó a vincularse de manera más directa con la competitividad empresarial. La presión regulatoria en Europa, el aumento en la volatilidad de precios de materias primas y las expectativas de grandes compradores corporativos obligaron a las empresas a revisar sus modelos de producción y consumo de materiales.
En América del Norte, este proceso se aceleró con la entrada en vigor del T-MEC. A diferencia del TLCAN, que abordaba los temas ambientales de forma muy general y sin mecanismos de aplicación específicos, el nuevo tratado incluye un capítulo completo (Capítulo 24) dedicado al medio ambiente. Este capítulo establece la obligación de aplicar de manera efectiva las leyes ambientales nacionales y promueve prácticas comerciales que contribuyan a la sostenibilidad. Aunque el T-MEC no menciona explícitamente el término “economía circular”, sus disposiciones crean un entorno en el que las empresas que demuestran una mejor gestión de materiales y residuos tienen menor riesgo de enfrentar cuestionamientos por parte de clientes o autoridades.
En México, este proceso alcanzó un punto de inflexión en enero de 2026 con la publicación de la Ley General de Economía Circular. Esta legislación introduce principios como la responsabilidad extendida del productor, la jerarquización en la gestión de residuos y la trazabilidad de flujos de materiales. Aunque su implementación será gradual, envía una señal clara: las prácticas de circularidad dejarán de ser voluntarias en varios sectores y comenzarán a formar parte del marco de cumplimiento que las empresas deben atender.
Para comprender el contexto en el que se mueve México, es apropiado comparar los diferentes enfoques regulatorios que existen actualmente entre las principales regiones comerciales:
Como se observa en esta comparativa, mientras que la Unión Europea cuenta con un marco consolidado y en proceso de endurecimiento progresivo, México apenas se encuentra en la etapa inicial de implementación de su nueva legislación. Por su parte, en Estados Unidos la falta de una ley federal ha derivado en un enfoque fragmentado donde la verdadera fuerza motriz proviene de regulaciones estatales estrictas y de la exigencia de los grandes compradores corporativos.
En este escenario, la tendencia global hacia una mayor trazabilidad y responsabilidad sobre los materiales a lo largo de su ciclo de vida es contundente. Las empresas integradas en cadenas de suministro internacionales enfrentan crecientes requerimientos de desempeño ambiental, obligándolas a actuar de manera proactiva, independientemente del ritmo de desarrollo de la regulación local en su propia jurisdicción.
Más allá de las definiciones técnicas, la economía circular representa un cambio en la forma de entender el flujo de materiales dentro de la operación. En lugar de diseñar productos y procesos considerando únicamente la etapa de fabricación y venta, se busca mantener el valor de los materiales durante el mayor tiempo posible. Esto implica tomar decisiones en etapas tempranas del diseño, en la selección de proveedores, en los procesos productivos y en la gestión posterior al uso.
Para una empresa manufacturera típica en el Bajío, esto puede traducirse en identificar oportunidades para reutilizar materiales internos, establecer esquemas de recuperación con proveedores, reducir la generación de residuos no valorizables o rediseñar empaques y componentes para facilitar su recuperación. No se trata necesariamente de transformaciones radicales de toda la operación, sino de decisiones informadas que reduzcan la dependencia de materiales vírgenes y los costos asociados a su disposición final.
El modelo tradicional de producción lineal genera costos que durante años fueron considerados inevitables: compra constante de materias primas, gastos de disposición de residuos, exposición a interrupciones en la cadena de suministro y, cada vez más, requerimientos de información por parte de clientes que exigen trazabilidad y evidencia de gestión responsable.
Estos costos, que antes se absorbían dentro de los márgenes operativos, se han vuelto más visibles. La combinación de mayor escrutinio por parte de compradores internacionales, expectativas de inversionistas en temas ESG y el endurecimiento del marco regulatorio en México ha hecho que muchas organizaciones revisen si continuar operando bajo el mismo esquema sigue siendo la opción más conveniente desde el punto de vista financiero y de riesgo.
Las organizaciones que han avanzado en estrategias de economía circular reportan beneficios que van más allá del cumplimiento normativo. Entre los más recurrentes se encuentran la reducción en el consumo de materiales directos, la disminución de costos de transporte y disposición de residuos, una menor exposición a la volatilidad de precios de commodities y una mejor posición frente a clientes que evalúan a sus proveedores con criterios de sostenibilidad.
Además, el uso de marcos como el GHG Protocol para medir emisiones ha permitido a muchas empresas identificar que una parte importante de su huella de carbono está asociada a los materiales que consumen y a los residuos que generan. Una estrategia de circularidad bien diseñada puede contribuir simultáneamente a reducir emisiones y a optimizar el uso de recursos, generando co-beneficios que justifican la inversión de tiempo y recursos.
El principal desafío para la alta dirección no radica en la validez teórica de la circularidad, sino en la integración de estos modelos dentro de la estrategia financiera y operativa de la compañía, sin comprometer los niveles de servicio ni la eficiencia diaria.
HF Safety & Environmental Services ofrece soluciones de consultoría estratégica enfocadas en la alta dirección para:
1. Diagnóstico y Trazabilidad:
Auditoría rigurosa de flujos de materiales y pasivos ambientales en la cadena de valor.
2. Mitigación de Riesgos Financieros:
Identificación de ineficiencias de costos por disposición y volatilidad en el suministro de materias primas.
3. Cumplimiento Corporativo (ESG/T-MEC):
Desarrollo de planes de acción alineados con los requerimientos de los comités de auditoría de clientes internacionales.
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